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¡Hola mundo cruel!

Delirantes y sabios consejos para adolescentes, freaks y otras criaturas raras que estén pensando en suicidarse.

Kate Bornstein*

Este podría ser el último día de tu vida. Es así. Estés o no planeando suicidarte, podrías morir en cualquier momento. ¿Todavía acá? Excelente. Eso se llama “seguir con vida”.

Ahora, teniendo en cuenta que podrían ser tus últimos momentos, me pregunto por qué estarás gastando un tiempo tan precioso leyendo esto. Y, además, quién soy yo para tratar de meterme en tu cabeza y hablarte sobre las ventajas de seguir viviendo. Tenés derecho a saberlo, así que hago mi coming out para vos: me llamo Kate Bornstein y soy transexual. ¿Todavía allí? Excelente. Eso se llama estar abierto a las posibilidades locas que da la vida.

No soy exactamente transexual. Transexual es un hombre que se convierte en mujer, o una mujer que se convierte en hombre, y yo no soy ni un hombre ni una mujer. He roto demasiadas reglas de uno y otro género como para pertenecer a alguno. Soy transgénero. Aunque yo prefiero llamarme pasajerx en tránsito. He transitado y sigo transitando por muchos tipos de identidades, eligiendo lo que me sirve y dejando atrás lo que no. He cambiado para permanecer en un lugar donde de otro modo habría muerto. Algunas veces cambio adrede, pero otras, sin darme cuenta. Esto no significa que tenga múltiples personalidades sino que tengo diferentes maneras de expresarme en el mundo.

Vos, por ejemplo, ¿sos la misma persona que eras hace siete años? Aquel día pudo haber sido el último de tu vida, pero no lo fue. Esto sólo permite afirmar que has cambiado. De hecho sos una persona completamente diferente de la que empezó a leer esta página. En un nivel submolecular, nada en tu cuerpo sigue en el mismo nivel que hasta hace un rato. Entonces, ¿sos la misma persona? No estoy diciendo que no lo seas. Simplemente pregunto: ¿alguna vez pensaste qué es lo que hace que seas la misma persona que eras hace diez minutos, cuando hay tantas cosas que te hacen diferente?

¿Todavía ahí? Bueno, perdón, estaba bromeando, tratando de aportar un poco de teoría posmo combinada con algo de budismo zen.

Ahora sigo: fui un niño que no quería ser un niño. Y en el pobre abanico de opciones de los años ‘50, lo otro que quedaba era ser niña, cambio que por otra parte estaba completamente prohibido. Nadie hablaba de la posibilidad de ser ni lo uno ni lo otro. Por lo tanto me esforcé mucho en ser un niño. Miraba a los otros, trataba de copiarlos, hice todo lo que los libros escolares, revistas, películas, decían que era un varón. Necesitaba que otras personas revalidaran mi esfuerzo para que fuera real. Necesitaba que me vieran como uno de ellos. No creo haberlo conseguido nunca. El fin estaba siempre un poco más alto. ¿Te ha pasado alguna vez intentar ser otra persona para que alguien te quiera más o piense mejor de vos? ¿Alguna vez has cambiado tu modo de ser para que otros pensaran que eras más real? ¿Cómo sabías entonces que estabas ofreciendo una imagen y una actitud que encajara en los parámetros sociales donde pretendías encajar?

Todos, consciente o inconscientemente, cambiamos para relacionarnos, negociar en una relación. Son cambios que, mientras no impliquen la muerte o la extinción de la especie, necesitamos. A veces usamos ropas para cambiar lo que somos, a veces drogas. No lo hacemos sólo por locos o aburridos, a veces lo hacemos para sobrevivir. No aprendemos a cambiar nuestras identidades por capricho. Se trata de una destreza que se adquiere sólo por la práctica, como cualquier otra actividad. ¿Vos practicaste alguna vez? Cuanto menos conciencia tengamos de nuestras identidades —quiénes somos y cómo estamos en el mundo—, más riesgos corremos de despertarnos un día sin saber dónde estamos. Esas habilidades que trabajan para nosotros algún día dejarán de trabajar. Llega un momento que nuestras identidades dejan de trabajar para nosotros. ¿Por qué? Porque el mundo se mueve muy rápido. Los estándares de las identidades culturales cambian de una generación a otra, según el grado de multiculturalismo, según quién esté sentado en la Casa Blanca, en el Vaticano, en el Congreso. Las identidades en la cultura funcionan como un software de computadora. Tenés que prestar atención a la versión que estás usando y renovarla regularmente. Las personas reaccionarias tratan de mantener al mundo sin cambios. Pero las más realistas trabajan para cambiarse así mismas. Las personas que no vislumbran ningún modo de cambiar, ni de cambiar algo del mundo, dedican mucho tiempo a desear su propia muerte. Cuando conscientemente desplegamos una identidad con la que podemos vivir, la vida se parece más a un juego, a un deporte. No estoy diciendo que sea una cosa fácil o divertida sino que necesita entrenamiento, que es algo excitante, que requiere concentración y sacrificio.

A medida que iba creciendo, me sentía bastante bien siendo un niño. Pero “niño” no era una identidad con la cual pudiera vivir. No quería ser tratado, ni actuar como tal. Cada vez que caminaba como un niño me sentía un impostor. Pero después que emprendí mi cambio de género, me encontré haciendo un tremendo y duro trabajo por convertirme en una niña. Nada en el paradigma de mi vida me permitía ser una cosa, ni la otra, y cuanto más trataba de convertirme en uno u otra, menos ganas tenía de seguir en este mundo. Llegó un punto en que me pareció que nada podía funcionar. Y ahí fue que llegó esta pregunta: ¿me tengo que matar o tengo que buscar una mejor vida para mí?

Y no fue, en realidad, la pregunta lo que me mantuvo con vida, ni tampoco fue la respuesta. Lo que me mantuvo con vida fue la idea de que era yo quien estaba formulando esa pregunta. l



* Kate Bornstein es una de las más originales autoras y performers de Estados Unidos. Ha publicado numerosos libros sobre género que actualmente integran la bibliografía obligatoria en escuelas de su país, Canadá, Alemania y Austria.

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