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Asexualidad, ruptura epistemológica en el feminismo




La asexualidad introduce elementos de análisis no tenidos en cuenta hasta ahora dentro del pensamiento feminista; así como ejes de opresión descuidados y naturalizaciones que han pasado desapercibidas. Todavía es muy pronto porque los estudios acerca de la asexualidad no están muy desarrollados y las implicaciones de su existencia todavía no se han socializado. Basta con ver multitud de espacios feministas –incluso los más vanguardistas y rompedores- en los que la asexualidad no se tiene en cuenta de un modo serio más allá de considerarlo como una opción más (y más minoritaria, si cabe, que el resto). La cuestión es que la asexualidad no es solo “una orientación más”, su mera existencia es problemática y hace entrar en crisis muchas de las preconcepciones que el feminismo contemporáneo tiene sobre el sexo.



Lo primero en lo que merece la pena detenerse es en el eje alosexual-asexual que señala un nuevo tipo de opresión, naciente en el heteropatriarcado pero que no se reduce a él. Ambas categorías son dos “extremos” que señalan, a su vez, ámbitos y paradigmas muy amplios. Alosexual hace referencia a las personas activas sexualmente, que sienten atracción sexual y que practican sexo*. Asexual, por su parte, refiere a aquellas personas que no sienten atracción, no son activas sexualmente y que no practican sexo. Estas dos categorías configuran un eje que señala una nueva dimensión a tener en cuenta: la existencia o no de un mundo sexual en las personas. Y entre ellas, como todo eje, dejan abierto un mar infinito de posibilidades, de términos medios, de diferentes formas de vivir o no vivir la sexualidad.

La opresión desatada de acuerdo a este eje es el alosexismo, esto es, la discriminación sobre personas asexuales (en cualquiera de sus diferentes variantes) a las que les persigue constantemente una carga de patologización. El alosexismo, que condena al ostracismo social a multitud de personas, se fundamenta en la naturalización del sexo como necesidad vital. El sexo es una necesidad básica cuya naturaleza, su a priori biológico, no puede ponerse en cuestión. Por ello alguien que no tiene atracción sexual es alguien a quien “le pasa algo”: patología psicológica o fisiológica; trauma-trastorno o desajuste hormonal. En cualquier caso el discurso de la necesidad del sexo es tan fuerte que las personas alosexuales no pueden evitar ser incomprensivos con las personas asexuales.

Se verá entonces que el alosexismo no es una opresión practicada únicamente desde el entorno heteropatriarcal. La asexualidad es igualmente incomprendida y condenada desde muchos entornos feministas. A mi parecer, el heteropatriarcado es la estructura principal de la que emana el alosexismo (porque es la que ha configurado la ideología de la necesidad del sexo) pero también sus adyacentes subversivos, el feminismo y las sexualidades subalternas, participan del alosexismo en la medida en que se han centrado en positivizar una conducta sexual determinada pero no han puesto en cuestión la necesidad misma del sexo. Digamos que en muchos discursos feministas esto es un poso heteropatriarcal que conlleva la incomprensión de la dimensión asexual.

La parte asexual del eje es tan amplia y rica como la alosexual (en la que se encuentran la mayor parte de orientaciones que conocemos), solo que en esta lo que se tiene en cuenta es el criterio para la atracción sexual. Así, vemos que surgen conceptos como el de autosexualidad, que es la atracción sexual sin orientación concreta hacia nadie o hacia sí mismo. Otros como el de demisexualidad, que requiere de un fuerte proceso emocional (romántico) para que exista atracción sexual. O la grisexualidad, que refiere a aquellas personas que sienten atracción en contadas y concretas ocasiones. Todas ellas categorías que entran dentro de la asexualidad y que se complejizan, a su vez, mezclándose con las categorías tradicionales multisexuales y multigénero. Es decir, que dentro de cada categoría asexual el interés por el otro puede ser de carácter análogo a la heterosexualidad, homosexualidad, bisexualidad o, en general, a todos los comportamientos eróticos existentes.

Ello se suma al hecho poco conocido de que las personas asexuales, en todo su abanico, también pueden experimentar excitación, atracción afectiva, atracción estética y deseo de intimidad en sus relaciones. Teniendo también la posibilidad de masturbarse o incluso tener encuentros sexuales sin dejar por ello de dejar de ser asexuales. Esto puede resultar complejo de entender pero entronca con uno de los elementos principales de la cuestión, la diferencia entre deseo y conducta. A su vez, la tremenda complejidad de relaciones que nos proporciona el abanico asexual introduce una dimensión que, de nuevo, es poco tenida en cuenta: el valor de la emocionalidad en las relaciones humanas.
Aquí está la razón principal por la cual creo que la asexualidad supone, analizándola seriamente, una ruptura epistemológica en el seno del pensamiento feminista. Ya hemos adelantado un elemento importantísimo, la cuestión de la necesidad del sexo y su naturalización; pero es preciso exponer también qué campo nos abre cuestionar esa necesidad, que no es otro que el de la emocionalidad y su revalorización frente a los discursos alosexistas.

El feminismo, tanto en la vertiente que trata el género como –especialmente- en la que trata las sexualidades subalternas, ha tratado de valorizar las prácticas sexuales que dentro del heteropatriarcado más criminal y decimonónico quedaban brutalmente oprimidas. Para mí, esto ha sido una estrategia necesaria pues se precisaba una valorización de conductas y deseos no permitidos, hacer presión dentro de lo posible. Pero este proceso de empoderamiento ha tenido una consecuencia clara, la invisibilización de la asexualidad y la no puesta en cuestión de la naturalización del sexo. Hay que aclarar que, pese a ello, sin feminismo sería del todo imposible pensar la asexualidad con la complejidad con la que se nos presenta hoy día; y de igual forma que el feminismo se sirvió en su día de discursos heteropatriarcales para desarrollarse y subvertir el orden cultural establecido, el pensar la asexualidad hoy solo puede hacerse desde los conceptos a que el feminismo ha dado lugar.

Pero hay que contrarrestar ciertos viejos influjos. Para mí, ha sido el freudismo el principal valedor discursivo del alosexismo dentro del pensamiento feminista. Hay que entender que dentro del feminismo la presencia de Freud y sus herederos ha sido casi total. Hasta los análisis más innovadores y actuales se han tenido que centrar en combatir sus presupuestos, tal como hace Butler y en buena medida la filosofía queer. El feminismo, tanto de género como de sexo, nace con conceptos freudianos y se desarrolla en una pelea constante con estos. Pero pelearse con ellos tiene consecuencias, esencialmente quedar preso de su mapa conceptual y esquema cognitivo y, en buena medida, limitar nuestro horizonte de pensamiento. Hoy podemos saber cuál ha sido ese horizonte, el de la necesidad del sexo.

El freudismo no ha sido un discurso de eruditos ni de intelectuales, el heteropatriarcado ha sabido inteligentemente socializar los conceptos que de este le interesaba. Uno de ellos ha sido el de la natural necesidad del sexo, para lo que el freudismo ha tenido una función clara: superar la visión simplista del sexo como reproducción. Gracias al feminismo sabemos que el heteropatricado se asienta en una visión reproductiva del sexo pero esta visión ha ido derrumbándose a nivel simbólico (no completamente, por supuesto) obligando al poder machista a reactualizar sus legitimidades. Ahí es donde ha entrado el freudismo, para ofrecer una visión “científica” –convertida ya en mitología popular- de que el sexo es necesario porque compone la totalidad de nuestra vida.

El freudismo es el discurso que compone contemporáneamente el alosexismo y sus conceptos inundan los prejuicios y patologías que persiguen a la asexualidad. El sujeto contemporáneo es un sujeto esencialmente sexual; el sexo es su núcleo, su infraestructura, y todo lo demás un añadido que circunda esta (freudianamente oscura) verdad. Es increíble ver cómo se ha socializado esta visión de tal suerte que todas las relaciones humanas hayan quedado marcadas por el interés y la codificación sexual. Visión que se ha activado con virulencia en las relaciones heteropatriarcales pero que se ha filtrado a las emergentes sexualidades subalternas. Nueva cultura que ha sido, además, alentada por el capitalismo y su mercantilidad consumista; por el estilo y paradigma de vida que inaugura, de disfrute de la vida, desenfreno y juventud eterna. Mil y un elementos que confluyen para configurar un gran monstruo ante el que el feminismo ha estado siempre desarmado: el orden social alosexista.

Es del feminismo queer desde el que surge la posibilidad de pensar, a mi juicio, la asexualidad como elemento rupturista. Es lo subalterno entre lo subalterno porque no se limita a señalar una conducta concreta dentro de un mundo sexual sino que nos proporciona la quiebra de ese mundo. Es productiva teórica y prácticamente porque nos ofrece un no-mundo impensable, un mundo no sexual que se contrapone al sujeto sexual contemporáneo. En su complejidad encontramos los elementos de diversidad que nos acercan cada vez más a la verdadera dimensión afectivo-sexual humana. Porque hace tiempo que no es suficiente con el binarismo erótico y se necesitan nuevas líneas de pensamiento. Tres son, pues, las razones por las cuales la asexualidad puede supone una ruptura epistemológica y un cambio de paradigma en el feminismo: porque rompe con el alosexismo interno y externo al propio feminismo; porque ataca el discurso de la necesidad del sexo, su naturalización y el eterno debate naturaleza-cultura; y porque revaloriza la vivencia emocional poniéndola al mismo nivel que la sexual en el sujeto. Todo ello ruptura definitiva con el freudismo.

Pero para introducir más en profundidad esta ruptura epistemológica me gustaría detenerme brevemente en dos de las categorías que introduce la asexualidad y que, para mí, son portadoras paradigmáticas de estos cambios. Una es la demisexualidad que, como se ha dicho, referencia a las personas que supeditan la atracción sexual a las vivencias emocionales/románticas. Lo importante de esta categoría es que introduce el elemento cultural y lo pone por encima de cualquier naturalización. Que exista la demisexualidad es argumento suficiente para derrumbar cualquier intento por naturalizar la sexualidad humana, porque quiere decir que la sexualidad humana siempre es un producto de la cultura o, más finamente, de la transmisión de conductas, normas, enseñanzas y repeticiones performativas que adaptan al sujeto al orden cultural dado. Para mí, además, señala un hecho sustantivo y es que no se puede hablar de sexualidad a secas sino de que en todo caso habrá que hablar de sistema sexo-afectivo; porque la sexualidad va inevitablemente ligada a unas vivencias emocionales. Lo cual no quiere decir que estas tengan que ser positivas o románticas (lo que inaugura un nuevo abanico de posibilidades); y que, a su vez, nos faculta para hablar más acertadamente de un sistema sexo-emocional o, mejor, erótico-emocional.

Otra de las categorías asexuales productivas es la de grisexualidad. Como ocurre con las categorías tradicionales, esta forma de asexualidad cumple la función de cajón de sastre a la que se echan todas las vivencias que no se comprenden. Igual que a la bisexualidad se le atribuyen todas las atracciones y conductas que no caben en los paradigmas establecidos, la grisexualidad acaba por acoger aquellas formas de asexualidad que no pueden caber en ninguna otra identidad. La importancia que tiene es la de representar la complejidad erótico-emocional del ser humano, pues no trata únicamente de atracciones y conductas sino que incorpora nociones estéticas (con sus variantes de género, cánones…), grados de atracción, momentos sociales, grados emocionales… intentar adentrarse en la grisexualidad para delimitar sus formas sería como intentar adentrarse en la bisexualidad; producir infinitas categorías hasta llegar a las X sexualidades de Deleuze. En otras palabras, la grisexualidad es la ruptura categorial que permite pensar que hay tantas vivencias erótico-emocionales como personas hay en el mundo.

No me puedo detener en la opresión que sufren las personas asexuales pero creo que comprendiendo la existencia de un orden alosexual se puede entender también el tipo de opresión que experimentan, a su vez, modulado por posiciones sociales, de género, de raza, etcétera. Solo añadir con respecto a la opresión alosexual, para que sirva como esbozo de una futura línea de investigación, que es una opresión transversal que afecta también a los propios alosexuales en la medida en que estos experimentan constantes variaciones en la estimulación o depresión sexual modulada temporalmente. Todo alosexual es también un asexual en muchos momentos de su vida y en la articulación con un orden social constituido esto trae consecuencias.







Notas:
* Aquí está, a mi parecer, el quid de la cuestión, en la práctica y la conducta; así como en aquello que se considera sexo y que viene demarcado por una estructura heteropatriarcal y alosexista. Del mismo modo la cuestión de “ser activa” debe ser matizada.
Referencias a artículos de divulgación en internet en castellano:
Asexualidad, la vida sin atracción sexual:http://eldemonioblancodelateteraverde.wordpress.com/tag/asexual/
Referencias oficiales en inglés:
Asexual Visibility and Education Network (AVEN) http://www.asexuality.org/home/
Journal of Sex Research, 2004: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/15497056





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