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Claroscuros de los movimientos feministas y de hombres en torno a las bisexualidades

Por Jorge Yáñez L.

7 de abril de 2009


Las diferencias ideológicas y de perspectiva práctica entre los feminismos y los grupos de varones parecieran centrarse enteramente en una cuestión precisamente de cosmovisiones y de agendas de trabajo. Al menos refiriéndose a los espacios del feminismo institucional y del profeminismo liberal en específicos procesos de convergencia, sin embargo la reproducción de prácticas y esquemas correspondientes a períodos aparentemente trascendidos, sigue latente.


Los momentos de análisis y reflexión colectiva denominados “Encuentros” expresan más de lo que pretenden desde lo simbólico hasta lo discursivo. Las feministas latinoamericanas que acostumbran esta clase de experiencias forales por más de 20 años mantienen omisiones temáticas en rubros sobre derechos sexuales presuponiendo y/o invisibilizando aspectos como las bisexualidades, convertidas en identidades y prácticas sexuales tabuadas, que se ejercen en el anonimato, se silencian en los planos más radicales y se marginan para convertir todo en escenarios de blanco y negro, esto es, conformados por bloques de mujeres lesbianas y de mujeres heterosexuales solamente.

Reuniones basadas en ejes gynecocéntricos que además de reafirmar conductas retardatarias de mujerismo (sólo mujeres y para las mujeres) en términos de presencias físicas, también eliminan aquello que involucra apertura sexual y afectiva hacia “los otros”, los no patriarcales de orientación no heterosexual. Lo que perfila apreciaciones sobre la sexualidad bajo un carácter notoriamente sesgado.

Resulta curioso notar como en ámbitos de análisis más cerrados como la Comunidad Diótimade Italia enmarcada por el feminismo de la diferencia, ha admitido a varones académicos en diversas ocasiones y cómo las feministas de la igualdad se repliegan en guettos nuevamente (como en los años 70´s, del siglo XX).

La herencia recuperable para perfilar los paradigmas de las feministas jóvenes se reduce a lecturas de acción social y teórica desde la estancada dualidad Heterofeminismo – Lesbofeminismo. Las feministas fundadoras de la segunda ola, ahora adultas mayores, dejan pendientes temáticos como las bisexualidades, no por falta de tiempo para su abordaje, sino por inseguridades no trascendidas tanto en la investigación como en el activismo.

Por su parte los “Encuentros de Hombres” que datan en Latinoamérica de aproximadamente 12 años en sus últimas ediciones, han abierto su espectro de tópicos de análisis hacia identidades y expresiones de la sexualidad diferentes a la heterosexual, aunque también sin mencionar a las bisexualidades (sólo lo gay, lo trans y lo queer).

Si bien la admisión de mujeres académicas y activistas en estos eventos no ha variado, el adherirse sólo a crisis de la masculinidad tradicional en un 85% de los textos y ponencias, sigue significando un estancamiento en la reflexión misma de las masculinidades.

La referencia hacia lo bisexual masculino aparece aislado, leído como de minorías comportamentales en la mención sociológica y reducidamente tocado por los sexólogos; los avances a través de estudios se caracterizan por un remarcado gradualismo, lo que visto de manera objetiva, constituye una muestra de esterilidad epistemológica.

Frente a estas realidades las y los bisexuales organizados se han concretado a trabajar sobre una agenda de reflexión y de escritos base, buscando fortificar cierta separación del discurso de queja y lástima, incluso en los procesos colectivos con otras identidades sexo genéricas. 

Los estilos varían muy poco, dependen más de la línea institucional para impulsar cambios, por mínimos que estos puedan llegar a ser; o de manera tajante bajo una variación que les incluyan en paralelo con movimientos de resistencia conductal, como los grupos de poliamor.

El carácter sexopolítico construido durante la década de los años 70´s del pasado siglo, principalmente por las lesbianas socialistas, se traduce en muy baja escala en específicas investigaciones académicas, igual que las vinculaciones estratégicas con los colectivos gays, lésbicos y trans, conducidos de un modo particular por las pautas electoralistas y también por lineamientos del sistema, al determinar lo financiable gubernamentalmente y desde las agencias internacionales.

Subrayadamente las excepciones en los hombres se marcan en el rubro de salud sexual, abriéndose un margen fino pero no inexistente en las convocatorias de laboratorios transnacionales para proyectos en el área, en un período de alrededor de 6 años a la fecha.

No obstante que ello corre el riesgo de poder interpretarse como una ruta similar a la seguida 15 años atrás por el movimiento feminista de la igualdad en Latinoamérica, cuando generó la femocracia o supeditación de feministas a criterios transnacionales asociados al pensamiento del modelo neoliberal, tan denunciado por las feministas autónomas en el Encuentro Feminista realizado en Cartagena Chile.

Sustentado inclusive por feministas teóricas que de forma esporádica han evidenciado los costos negativos de institucionalizar la teoría de género, en demérito de la reflexión no autocomplaciente, por supuesto que también en los estudios identitarios.

De cualquier manera la indagatoria de raíces que vuelve infértiles a movimientos de origen ciudadano de izquierda, como el feminista mexicano, en nada ha servido para reorientarles, al menos guiándose por los mismos liderazgos y autorías generacionalmente hablando.

La historia de los colectivos de hombres obedece a otros orígenes, a veces como actos respuesta a los propios cuestionamientos feministas; a veces coincidiendo en procesos plurales menos discriminatorios; a veces valorando necesidades impostergables hacia sus congéneres; sin embargo no bajo condiciones históricas de subordinación sistémica, como ha sido el caso de las mujeres.

La insuficiencia y evasivas para incluir a las bisexualidades en las agendas feministas y de los hombres organizados que trabajan por la equidad de género, representa en la actualidad un adeudo no saldado que debe dejar de justificarse por las confrontaciones con los sectores fundamentalistas, que siempre han estado ahí, defendiendo sus intereses de grupo.

Los retos académicos y del activismo social y político integran esta demanda de inclusión (la de las bisexualidades), su viabilidad estará expresando una oxigenación real de dos movimientos, uno que tiende al letargo interno y otro que transita por un camino de cierta productividad en la reflexión aunque no en lo práctico.

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